<?xml version="1.0" encoding="utf-8" standalone="yes"?><rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"><channel><title>Publicación Académica |</title><link>https://clementgodbarge.com/es/tag/publicacion-academica/</link><atom:link href="https://clementgodbarge.com/es/tag/publicacion-academica/index.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><description>Publicación Académica</description><generator>HugoBlox Kit (https://hugoblox.com)</generator><language>es-es</language><lastBuildDate>Thu, 27 Aug 2026 00:00:00 +0000</lastBuildDate><image><url>https://clementgodbarge.com/media/icon_hu_64a6c3bec25b3d7b.png</url><title>Publicación Académica</title><link>https://clementgodbarge.com/es/tag/publicacion-academica/</link></image><item><title>Estimados editores: si quieren mi voz, devuélvanme mi lengua</title><link>https://clementgodbarge.com/es/post/dear-editors/</link><pubDate>Thu, 27 Aug 2026 00:00:00 +0000</pubDate><guid>https://clementgodbarge.com/es/post/dear-editors/</guid><description>&lt;p&gt;Otro día, otra revista que proclama a los cuatro vientos su política sobre IA. Esta vez le toca a &lt;em&gt;Progress in Human Geography&lt;/em&gt;, cuyos editores han publicado
en la que advierten de que usar la IA como sustituto de la lectura, el pensamiento y la escritura propios es «una violación de la ética académica equiparable al plagio». Los artículos en que se detecte «podrán ser retirados»; en el mejor de los casos se corregirán, con la correspondiente nota publicada en la revista. Los autores, añaden los editores, harían bien en «sopesar con cuidado si desean que su nombre quede asociado a retiradas y notas de corrección».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Detengámonos un momento en esa frase. La retractación es la sanción máxima de la publicación académica, la pena reservada normalmente a la fabricación de datos y al fraude. Aquí se asocia a una falta que el propio editorial es incapaz de definir. Hay, conceden los editores, «auténticas zonas grises» y «ninguna línea clara que delimite la zona de “irresponsabilidad”». La aplicación de la norma descansará en «juicios de valor que podrían molestar a algunos autores, quienes alegarán que no han hecho un uso indebido de la IA»: la declaración del propio autor, en otras palabras, podrá ser desautorizada. El consejo que sigue es mantenerse «a salvo en la zona de “responsabilidad”», y solo se aconseja ponerse a salvo donde hay peligro. Castigar a alguien por cruzar una línea que uno confiesa no saber trazar solo tiene sentido si de lo que se trata es de gobernar por el miedo. Quédense con esa idea.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="el-pretexto-de-la-voz"&gt;El pretexto de la voz&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;¿Y en qué consiste un uso responsable? Se pide a los autores «gran cuidado &amp;hellip; para conservar su propia voz». Uso indebido es recurrir a la IA «para escribir en una lengua que los autores nunca emplearían normalmente por sí mismos». Para un hablante nativo, la regla se entiende: no finjas ser lo que no eres. Pero para los extranjeros que debemos escribir en una lengua ajena, el precepto se contradice a sí mismo: la voz que la política protege es justo lo que las normas de la revista nos niegan.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tómenme como caso de prueba. El inglés es mi cuarta lengua, exactamente de las que nunca emplearía «normalmente». Las universidades anglófonas me enseñaron a escribirlo corto, señalizado, casi mecánico: la oración temática al frente, los atenuantes en los lugares aprobados, las transiciones sacadas de la lista aprobada. El adiestramiento dio resultado: nunca hubo en mi inglés una voz que proteger; fue lo primero que hubo que sacrificar. Según la definición de los propios editores, todo lo que he escrito en inglés sería un uso indebido, con máquina o sin ella.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="entre-la-espada-y-la-pared"&gt;Entre la espada y la pared&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;Los editores dicen haber pensado en nosotros: la política reconoce que a los hablantes no nativos les conviene que la IA revise su inglés, e incluso sus «servicios de traducción, redacción y edición». Y sin embargo la intervención de la IA en la escritura «debería limitarse, como mucho, a una ayuda de edición y corrección», sin llegar a «grandes fragmentos de texto escrito por IA». Un artículo traducido automáticamente está escrito por la IA de la primera palabra a la última; no es más que una sucesión de tales fragmentos. La concesión, pues, solo se sostiene si traducir no es escribir. ¿Y por dónde pasa esa línea? Ya nos lo han dicho: «ninguna línea clara».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hay algo peor, porque la sospecha no es solo infalsable: está cargada de antemano. En 2023, un equipo de Stanford sometió siete detectores de IA de uso corriente a ensayos escritos por humanos: los detectores marcaron como obra de una máquina, en promedio, el 61 % de los ensayos del TOEFL escritos por no nativos, mientras clasificaban casi sin error los de hablantes nativos; uno de ellos marcó el 97,8 % del conjunto TOEFL (
). La razón es instructiva. Los detectores miden la previsibilidad, y el inglés de segunda lengua, adiestrado para tender a la media, es previsible por diseño: la palabra más probable en el orden más probable. El mismo estudio encontró la señal en la producción académica real, con menor variabilidad lingüística en las ponencias de congreso cuyo primer autor no es nativo. Los rasgos de estilo que se leen como «IA» son los de un inglés competente de segunda lengua, y un juicio humano lee los mismos rasgos que la máquina. El cerco se cierra: si escribo mi propio inglés, parezco una máquina; si uso la máquina, infrinjo su norma.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="el-impuesto-de-la-lengua"&gt;El impuesto de la lengua&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;La paradoja sería inofensiva si no viniera acompañada de amenazas. Pero las amenazas delatan un problema más hondo y más viejo, que la política nunca nombra: el monolingüismo. Las
piden «la mayor cobertura internacional posible» mientras, en la misma página, «la lengua de la revista es el inglés».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El coste de ese arreglo no es hipotético. Tras encuestar a 908 científicos ambientales, Amano y sus colegas comprobaron que los hablantes no nativos de inglés dedican hasta un 51 % más de tiempo a escribir un artículo, se lo rechazan 2,5 veces más y les piden revisarlo 12,5 veces más a menudo, solo por razones de lengua (
). Ese impuesto se cobra antes de que llegue ninguna política sobre IA; el formulario de declaración y sus amenazas son una auditoría que se le añade encima.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="fin-dempire"&gt;Fin d’empire&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;El monolingüismo es el axioma que nadie discute. Es una herencia imperial que fue adquiriendo, con el tiempo, una justificación práctica: traducir era lento y caro, y ningún consejo editorial podía evaluar lo que no sabía leer. Nada de eso resiste a los avances de la traducción automática, que en su estado actual puede servir de capa fiable entre autores y editores.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La salida ideal es humana: que los investigadores lean más de una lengua. Las universidades anglófonas prefieren, en cambio, cerrar sus departamentos de lenguas modernas. Nótese que los cierres son un fenómeno angloamericano: en el resto del mundo, los investigadores nunca tuvieron el lujo de ser monolingües. Y nótese el momento. Cerrar un departamento de lenguas es hacer una apuesta: que el inglés ha ganado para siempre y que nunca más se escribirá nada digno de leerse en otra lengua. Esa apuesta se hace en el peor momento posible, y por partida doble. Primero, porque la traducción automática permite por primera vez prescindir del todo de una lengua franca; segundo, porque el orden que hizo del inglés la opción por defecto se bate en retirada: la anglosfera se repliega, la globalización refluye, el libre comercio está en entredicho en sus propias cunas y va tomando forma un mundo multipolar en el que se multiplicarán las lenguas que merezca la pena leer. Las universidades forman investigadores que solo leen inglés para un mundo en el que el inglés no bastará. Los consejos editoriales serán los primeros en heredar esa pérdida.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="una-prueba-para-los-editores"&gt;Una prueba para los editores&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;Cuando un consejo editorial se lamenta de no poder oír la voz de sus autores, quizá parte del problema esté en el propio consejo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Es una acusación grave, y viene con una prueba a la altura. ¿Aceptaría &lt;em&gt;Progress in Human Geography&lt;/em&gt; someter a revisión por pares un manuscrito escrito en francés, italiano o japonés, acompañado de una versión inglesa traducida automáticamente? Las propias normas de la revista reconocen los servicios «de traducción» que lo hacen posible. Un sí acaba con el problema. Un no nos diría qué protege en realidad la política.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sea como fuere, la decisión está en manos de los editores. Si la voz importa, como dicen, la revista debería aceptar artículos en las lenguas en que piensan sus autores. Si no importa, sobra el formulario de declaración, y con él las amenazas.&lt;/p&gt;</description></item></channel></rss>